Las interacciones que ejercen los Agentes de Control Biológico con la planta se producen por el beneficio mutuo que obtienen ambas partes. Así, el ACB obtiene nutrientes complejos ya elaborados por la planta, y a su vez la planta, toma los nutrientes sencillos, tales como el fósforo, aportados por los microorganismos y que en muchos casos no está disponible para la planta. Ese “matrimonio de conveniencia” entre ambos permite por un lado impedir o al menos reducir el ataque del fitopatógeno, y por otro, estimular el desarrollo de las plantas e incluso, generar incrementos en el rendimiento de la producción.
La aplicación de estos microorganismos en el semillero supone un buen punto de partida para la obtención de una planta “más sana”. La aplicación del ACBs en el sustrato o en la semilla permite la multiplicación del microorganismo de manera conjunta con el sistema radicular en desarrollo dando lugar a un efecto directo en el incremento del vigor y germinación de las semillas, así como en la promoción del crecimiento de las plántulas.
El efecto beneficio de la colonización temprana de las raíces antes del establecimiento de las plántulas en el campo puede prolongarse durante el trasplante y desarrollo del cultivo, dado que muchos microorganismos actúan como endosimbiontes, es decir, se introducen en la raíz de la planta sin causar ningún daño.
Por lo tanto, entendemos que el término ACBs, que generalmente implica el control de una enfermedad o algunas pocas, debería ser sustituido por agentes probióticos, ya que se trata de microorganismos que permiten incrementar el estado sanitario de las plantas siendo más aptas para combatir distintas enfermedades, promocionar el desarrollo vegetal, y a su vez, generar diferentes mecanismos de actuación frente a otros microorganismos perjudiciales (antibiosis, competición, fungistasis, etc).